miércoles, 22 de marzo de 2017



                            "Tu mirada profunda me interpela"


                                               Presentación Leonor Merino García
                                               Dª U.A.M., escritora, traductora, poeta
                                               14 marzo 2017 “Casa Árabe”, Madrid
                                              




         Maisun Yamil Shukair nace el  22 de Septiembre de 1969, al sur de Siria en As-Suwaida o Sweida, frontera con Jordania, en un entorno familiar refinado y culto, que forjó su personalidad.

         Su padre, Yamil Shukair, profesor de Geografía escribió cinco novelas. Su madre, Gazala Shukair, profesora de Primaria.

         Cuando Maisun alcanza la edad de ocho años, su padre se marcha a trabajar a Arabia Saudita. La lejanía, la ausencia paterna, causó en ella un profundo sentimiento de dolor, comenzando a escribirle mensajes poéticos, dando así rienda suelta a su creatividad.

         He aquí uno de sus poemas infantiles:

                   Oh, padre mío / soy muñeca sin ojos / árbol sin pájaros /                voz sin eco. / Vuelve y regresará mi vida.

         Después de unos estudios brillantes, obtiene la licenciatura de Farmacia y Química Farmacéutica, en la universidad de Damasco y, posteriormente, regenta su propia farmacia en Sehnaia, un barrio de la misma ciudad.

         Gran lectora desde su juventud, como forma de conocer el mundo, para dejarse llevar por la imaginación pero, también, para iluminarse una misma en su interior, como señala Virginia Wolf:

         “Alumbrar vuestra propia alma, su profundidad y sus bajos fondos, su vanidad y su generosidad, decir lo que significa a vuestros ojos vuestra belleza y vuestra fealdad, cuáles son vuestras relaciones con el mundo moviente…” (Une chambre à soi, traducción del inglés por Clara Malraux).

         Maisun comienza a escribir en el suplemento literario del periódico libanés Alnahar y en el londinense Alarab.

         En esta poeta siria, ejerce gran influencia Nawal Sadawi, médico, escritora, pionera reconocida en su lucha por los derechos de la mujer en los países árabes.

         Igualmente, admiró a una escritora siria poco conocida, Sania Al-Saleh, fallecida tempranamente que dejó colecciones poéticas, A Time of Oppression (1964) y Ink of Execution (1970), batallando para liberarse de la leucemia así como sufrió bajo la sombra de su marido, el conocido poeta sirio Mohammed al-Maghut.

         Otra mujer, admirada por Maisun es Ghada El-Saman: periodista, novelista, luchadora por los derechos de la mujer. Entre sus obras: Beirut Nightmares (1977); A Costume Party for the Dead (2003). El-Saman fue denostada cuando hizo pública su correspondencia amorosa con el escritor y activista palestino, Ghassan Kanafani, asesinado en un atentado, junto con su jovencísima sobrina, con la colocación de explosivos bajo su coche.

         Asimismo, Maisun Shukair admira al tan celebrado poeta palestino Mahmud Darwish y a la moderna escritura del poeta sirio libanés Ali Ahmad Esber, más conocido por “Adonis”. También, nuestro García Lorca le enseñó el camino –adarve–, hacia el corazón humano.





         Su primer poemario, Retira tu cara de mi espejo (Damasco, 2009), ganó el “Premio Mazras” en el Concurso de escritores palestinos. Su título tiene un sentido metafórico, puesto que en el espejo, como en el amor, no se aprecia el verdadero rostro sino la otra cara “invisible”. Su escritura atañe al amor en igualdad, entre hombres y mujeres.

         En este sentido, y en mi afán por los estudios comparativos, deseo recordar aquí a una de las figuras claves del movimiento intelectual árabe contemporáneo: el gran poeta sirio “del amor”, Nizzar Kabani. Así como a Ibn Qayyim Al Jawziya que se refirió a la gran cantidad de palabras que se utilizan para expresar el amor en la lengua árabe, porque si una lengua ha creado muchas palabras para designar un significado (al-musama), es que el deseo de comprender es muy fuerte.

            Ahora bien, Maisun Yamil Shukair narra su lucha sobre el amor y el logro de la libertad, en su relato No he dormido y no me he levantado (2009), que gana el premio de los escritores palestinos.





         No te vayas a la muerte solo. El camino no es seguro (Líbano, 2017) consta de diez relatos que hablan del sufrimiento que han vivido y soportado los sirios, durante seis años. Está dedicado a su hermano Kaldun al que amaba profundamente:

         “Tu humor irónico se adelanta a mi almohada cada noche. No te duermas antes que yo, por favor. No te vayas a la muerte solo. El camino no es seguro”.

         Kaldun, profesor de matemáticas, cae asesinado sobre la hierba del jardín de su casa, delante de su familia, mujer e hijos pequeños. Su delito: haber hecho declaraciones a sus estudiantes, en contra de la reacción policial del régimen sirio hacia la multitud que se manifestaba en las calles, pidiendo democracia, y ante la muerte de los niños.






         “La pequeña corbata roja” -–relato traducido por Nabila Boumediane– narra la historia de Ahmad, un niño con excelentes notas escolares e hijo amantísimo de un pobre campesino. Su padre, le promete que le regalará el deseo más preciado: una pequeña corbata roja que le había visto a su primo, compañero de curso en un día de fiesta y que, además, llevaba puesto un traje negro con una camisa blanca.

         Entre sus manos de labriego, cuenta ya el progenitor los dineros prestados por su cuñado. Y se adentra en la ciudad inhóspita y en fiesta que llama “a las puertas perforadas, a los corazones perforados”. Porque:

         “¿cómo puedes pasar por la mañana y no saludar a todos los que se te cruzan por la calle, y pasar sin recoger el fruto de sus sonrisas que hará más llevadera tu vida?”

         Ante el escaparate acribillado, luce el traje intacto.

         El campesino entregará todo el dinero al dueño de la tienda y le rogará que le deje a deber el dinero que falta para llegar al justo precio, puesto que, en el pueblo, se paga a plazos...

         Le dirá que se trata de una promesa y que debe cumplirla, para que confíen los niños en los mayores y en la vida, porque “no tienen la culpa”.

         Asentirá el tendero: “qué culpa tienen ellos”.

         De vuelta al pueblo, bajo los aviones, en incesante y atronador bombardeo, se dirigirá a su casa, adonde antes había una puerta y un árbol que equivalía a todas las ciudades del mundo, y llamará a Ahmad, a su encuentro, como siempre…

         Y sacará el traje, con su corbata roja, de la bolsa de cuero, para depositarlo, sobre su tumba.















         Otro relato vertido a mi lengua materna, por la misma traductora citada Nabila Boumediane: “Me callaré por mucho tiempo”.

         En él se superponen las vivencias de la poeta siria ante el asesinato de su hermano: la brusca irrupción de la policía, en el hogar, avasallando a su paso, hollando las alfombras que, sin embargo, respeta el niño, convertido en la voz narradora del relato.

         Implícito se halla el silencio inculcado por la madre, en la educación del hogar, hasta reprimirlo con un pellizco en la mano, tapando o golpeando la boca infantil, ante sus inteligentes y punzantes preguntas.

         Mas esta lectora-poeta, aprehende que se trata de la mano dolorida de Maisun y, también, de la ranura de su boca prieta, en un grito ahogado de horror y desespero.

         Mientras, la madre expele su aliento en un susurro implorante: “¡cállate!”, tomando cuerpo la realidad social de nuestra cuenca mediterránea: “hay dos virtudes preciadas en la mujer: llorar con discreción y callarse con nobleza”, palabras del escritor marroquí Abdelhak Serhane, que he estudiado junto a tantos otros escritores árabes.

         ¡Y el niño del relato corre y corre!

         Doloridos y embarrados ya sus pies descalzos, tras los vertiginosos pasos de la madre que lleva a su hermano, en volandas.

         El niño se orina encima. Calla.
         Tiene mucho miedo. Calla.
         Aprieta la mano de la madre. Calla.

         Y llevado a un lugar hacinado, hasta la náusea, donde no duerme porque le muerde el hambre, el niño grita.

         De nuevo, otro fuerte pellizco en la mano.

         Se calla, porque la madre le ha prometido un espacio, para él solo, cargado de juguetes.

         Ya en el barco. Sueña.
         Sueña con un jersey caliente,
         con valiosos juguetes…

         Una ola.
         Otra ola.
         Sal en la boca.
         Sal en los ojos.
         Se cierran.
         Se sellan como la boca.

         Una blanca luz.
         Callado ya por siempre –“como te prometí, madre”.




         A la lectura de estos dos relatos, cabe preguntarse por qué la autora escoge a dos niños como argumento principal.

         La respuesta está en el sufrimiento infantil, incomprensible y atroz, y en la muerte, como exterminación de la esperanza, del futuro de un país.

         Y nadie, posiblemente, como una mujer y madre, para trasladar esos sentimientos, durante unos años muy convulsos, que ensangrientan, ferozmente, a Siria.

         Un primo de Maisun, Samih Shukair y que vive en Francia, crea –en marzo del 2011– una emocionante canción muy conocida “Ya Heif” (“Qué pena”), sobre los luctuosos acontecimientos, como fueron las muertes de los niños de Daraa.

         Así dice una estrofa:

         “Nos matan en nombre de la seguridad de la nación”.

         Y el padre de Maisun escribe –¡gran catarsis!– una novela relatando el primer año de revolución en Siria, La muerte de la última luz.

         El asesinato de este hijo estalla el corazón de sus padres, de sus dos hermanas: pediatra e ingeniera.

         Y en Maisun: una parte de ella se extinguió con él, para siempre.

         Hecho que influye en su escritura, en el título de su obra ofrecido al hermano perdido para siempre y, especialmente, en su actitud frente a la vida que da un vuelco radical.

         Maisun Shukair comienza a ayudar a la gente, llegada de otras ciudades. Pero, al recibir la visita de la policía, tiene que cerrar su farmacia, temiendo ser encarcelada. Hecho que sucede a su marido, en 2014, de quien no sabe nada durante dos meses, ni de uno de sus hijos, que permanece solo, durante un tiempo, en el Líbano.

         Años extremadamente duros para esta escritora, en la desatada violencia y en sus sueños esfumados de democracia.

         Por eso, si antes su temática literaria trataba sobre la lucha de la mujer en las sociedades árabes, sobre el amor como principal valor y sobre el ser humano –hombre/mujer– y clamando por la falta de libertad de expresión, ahora, su poesía y sus relatos adquieren otros tintes, otros matices: regresan al origen, como tabla de salvación con Darwish, con nuestro Lorca…



         Ante nuestras miradas, el vivo ejemplo de una refugiada que vive entre nosotros desde hace algo más de dos años.

         Con este ejemplo, cuando uno se calza los zapatos de un refugiado que huye de la guerra con sus hijos, su mujer, su madre ciega –tal vez un anciano en silla de ruedas– o cuando uno imagina lo que sucede en una guerra civil –como fue la nuestra con tantos refugiados–, se deja de ver el mundo desde el propio interés.

         Viéndolos llegar a Europa, a las islas de Lesbos y Kos, recorriendo Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria, Alemania, Holanda, Francia o Luxemburgo, se toma conciencia de que no se trata de crisis humanitaria, sino de crisis política, que tiene consecuencias humanitarias.

         Y que no es lo mismo escribir sobre refugiados como trombas amenazantes, que mostrarlos como cada uno de nosotros: seres con sueños, miedo, amor, esperanza.

         Maisun, para abandonar Siria, tuvo que elegir a uno de sus hijos para venir a España y escogió al mayor para poderlo liberar del ejército, dejando al otro con su padre –a la suerte–, hasta que se agrupa la familia, un año después.

         Ahora, se encuentra con relativa paz entre nosotros, me mira como lo hizo en una intervención mía en “El Ateneo” de Madrid.

         En sus profundos ojos, aprehendí una expresión ahogada, profunda, lastimera:

         “Leonor Merino: tengo algo que decirte”.

         Sé que, ahora, está contenta, satisfecha, aunque con nostalgia y que:

                                     Un día,
         atravesando las calles de Madrid,
         se meterá la mano en el bolsillo del vestido,
         para sacar la llave de su casa de Damasco.
                                     Para retornar…




NOTA: Después de mi presentación-conferencia y con el fin de dar más voz a Maisun, se leyeron, en árabe y español, “Dedos”, “Postración” y “Calor”, poemas traducidos por Nabila Boumediane de Retira tu cara de mi espejo, poemario de Maisun Shukair (Damasco, 2009)

martes, 7 de febrero de 2017

TAHAR DJAOUT

La sonrisa tímida del hombre queda difuminada,
más su voz poética se oirá por siempre en su escritura

                                                                                               Leonor Merino García
           
            Tahar Djaout había nacido, en 1954, en Azeffoun en la Kabilia marítima. Pasa su infancia y adolescencia en la Casba de Argel. Realiza estudios de Matemáticas en la Universidad de Argel y de Ciencias de la Información y de la Comunicación en la Universidad de París II.

      Primero, como periodista profesional, cronista y editorialista de la revista “Algérie-Actualité”, toma parte de manera continuada en los debates políticos, lingüísticos y culturales de Argelia.

    Y más tarde, con la energía tranquila que le caracterizaba, no cejó de denunciar las taras de una sociedad y sus males destructores en la revista “Ruptures”, que dirigía.

     Su joven andadura está jalonada por una obra, premiada en dos ocasiones, que consta de poemas y novelas.

   Su poesía (« Solstice barbelé, 1973-1974 », « L'Arche à vau-l'eau », « Insulaire et Cie », « L'Oiseau minéral », « L'Étreinte du sablier » y « Pérennes. Poésies”: obra póstuma) destaca por su vigor y retorno a la grandeza de una antigua memoria que manifiesta, al mismo tiempo, la nostalgia de la infancia, el resurgimiento del sur, el viaje, la nominación de los seres y las cosas.

            Sus novelas (“L'Exproprié”, “Les Chercheurs d'os”, “Les Rets d'oiseleur”, “L'Invention du désert”, “Les vigiles” y “Le Dernier été de la raison”: novela póstuma) se caracterizan por su originalidad, por la búsqueda de un espacio de pureza, a veces teñida de causticidad y de sana ironía.

            Obras que dan muestra del ritmo poético de su escritura y en las que el héroe se encuentra doblemente expropiado del espacio natal y de sus palabras, pero siempre lúcido en una ciudad adormecida, anquilosada, que no sabe responder a los interrogantes de una juventud que ya no puede vivir en la hipocresía.

                El poeta nos da cuenta, en su obra, no del vértigo sufrido sino de su vasta ciudadanía.

            Este escritor hablaba siempre de su “piel provisional”, como si se sintiera en mutación, para recubrir su piel “original”, esas raíces cabileñas remotas, ese paganismo ancestral y esa comunicación carnal con la tierra, ese amor por Argelia: “Creo que un escritor argelino es un escritor de nacionalidad argelina y la mirada que pueda dirigir a su alrededor y al mundo no puede ser más que una mirada argelina, mirada que enriquecerá a Argelia más aún cuando la inscriba en un contexto de valores universales”.

            No sólo el rigor atraviesa su escritura, y su sueño era la paz de los suyos, sino que participaba en las preocupaciones de la literatura contemporánea entre la que contaba con numerosos amigos.

            Su defensa brava de los derechos del hombre, dondequiera que se hallara, se debía a su pluma humedecida en poesía y coraje.

            Su mediana y elegante figura despedían fraternidad. Su decimonónico bigote enmarcaba una amplia y sincera sonrisa, tras la que se agazapaba la timidez y la humildad.

            Su tono de voz caluroso, afable, resuena aún por aquellas recién regadas aceras de la Carrera de San Jerónimo y de la Plaza de Santa Ana, cuando vino al Coloquio “Maghreb-Europa”, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 2 de junio de l992: justo un año antes de morir en Argel, tras varios en días en profundo coma por atentado terrorista, perpetrado el 26 de mayo de 1993.

            El aire madrileño conserva aún el calor de su contacto, cuando juntos, al lado de la risa contagiosa del escritor Nabile Farès, mirábamos, con corazón ligero e indolente, el vuelo del pájaro que Tahar Djaout cantó:

            “Maestro tejedor y geómetra, he aquí al pájaro ordenador de formas y arquitecturas celestes [...] Por la perfección del vuelo, por la exactitud de trapecista y por la autoridad en las estaciones, el pájaro es dueño de los relojes de arena. Es clavija que consolida el edificio volátil del cielo, es puntuación necesaria al tiempo que gotea el olvido”.

            Este joven poeta argelino habló del amor con naturalidad y violencia, y supo también con sus manos separar “la violencia donde la mariposa del alma se gira”, con ese semblante de luz, “para ir en búsqueda de la fuente”.

            Pero existen “ciudades” -se lamenta el poeta- “donde es horrible tener veinte años; veinte años que uno querría tirar por la ventana, sobre todo cuando vuelve a ver a su prima reducida a la virtud de procrear. Sin embargo, subsiste mi poema, escudo en el que el refugiado ampara sus últimos pingajos y atiza su último aliento, como un parto subversivo”.

            Y este sensible poeta, que teme lacerar el sueño de los otros, él, “el áfono”, con sus pensamientos en desbandada, “farfulla con rostro de protesta, mientras los potentados dan orden de encarcelar a ese gran consumidor de sueños”.

            Poeta intuitivo que cantó “al mar al identificarse con su resaca”, y que habló también del bosque, de la agonía de la higuera, de su país, de “los astros que han sido enlatados para enamorar al turista”, de la errancia, del exilio, del rechazo y la soledad de los hombres.

            Pero en Djaout, existe también una profunda y pagana alegría de vivir, comprendida entre la dificultad cotidiana y la insulsez de ciertos ambientes, que, en alguna medida, se aproximaría a su compatriota Farès.

            Toda su obra representa constantemente una subversión de lo ya confirmado, un estallido de todas las fórmulas convenidas y de todos los conformismos.

            Si los primeros textos en ocasiones son agresivos en ese sentido, luego será cada vez más el humor el que se revelará como arma más eficaz que el anatema, pero siempre la poesía dará un cálido aliento a toda su obra.

            ¡Tahar!: “[tus] treinta [y nueve años] se [te] han quedado como arpón a través de la garganta. Sin embargo, [te] era preciso avanzar, empujado por manos invisibles. Avanzar hacia el lugar de la infancia y hacia la muerte, hacia la respiración de las calles de Argel - que detestaste y amaste -, porque es siempre con sensación confusa como encuentro este lugar que amo y odio por igual, Argel segunda ciudad de mi infancia, Argel donde debo cada vez detenerme antes de reemprender viaje para encontrar un poco más lejos, tierras adentro, la sepultura donde duerme, momificado e intacto, el recuerdo de mis primeros años, muesca de luz y de belleza mugrienta”.

            Hace ya algún tiempo que reposas en tu querida tierra cabileña, pues nadie, como tú, sabía que la naturaleza es “infatigable asesina, infatigable paridora”.


            Nadie, como tú, sentía el humus de esa tierra, y que la henna es planta de Arabia, y que el benjuí es perfume de Arabia. Todo lo que viene de allí colorea, perfuma y sana. “Por eso de niño soñaba[s] con ir allí en la migración de las golondrinas, en el instante en el que sus volutas siderales se pierden en el fluido del cielo”.

             ¿No nos lo decía el poeta?:
             El silencio es la muerte
            Y tú, si hablas, mueres
            Si te callas, mueres
           Entonces, habla y muere
   ¿Qué es lo que nos queda, entonces?




     Solo nos queda ser capaces de actos de vida con este homenaje, y proclamar que la travesía del desierto no ofrece temor y que el honor de ser escritor, de ser poeta, es el gran honor que nuestro Tahar Djaout mereció.

     Nunca más se verá la sonrisa tímida del hombre, pero tu voz poética resonará, por siempre, en tu escritura.

            ¡Acoge mis versos!:

Amigo,
                                                           cuando llueve,
                                                           la tierra huele
                                                           a humus, a hierba.
                                                          
                                                           Eres tú que bajo el suelo
                                                           tu esencia expandes,
                                                           sobre Kabilia, los mares.


            Eres tú, Amigo mío, acunado por el viento.

martes, 25 de octubre de 2016

UN SUEÑO EN UN SUEÑO

Frente a la inmensidad del desierto y del firmamento, se comprende el significado de la nada, la vanidad de la Historia y de los pueblos destruidos. Tantas burbujas vanidosas de lo inexistente, internándose poco a poco en la niebla.
Empleo prosa poética, como justificación de la vacuidad, pero alguien, tan importante como Shakespeare, dijo ya en Macbeth: “La vida es una sombra tan solo, que transcurre; un pobre actor que, orgulloso, consume su turno sobre el escenario para jamás volver a ser oído. Es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”.


Gracias, por aceptar mi siguiente texto: 

“UN SUEÑO EN UN SUEÑO”

Multitud de gente camina por la soleada ágora.


Imagen: Xul Solar
Entre un grupo, arremolinado, una voz estentórea, vanidosa, proclama las delicias de su escritura poética –con tristeza siento que otras voces, intimidadas, acalladas, esperan, anhelantes, hablar de sus propios manuscritos, sus sentimientos.
Y, en un susurro, un lamento: “¡esos son mis versos!”

Más allá, una mujer menuda airea con soltura su paso cubierto por una capa corta, sin olor alguno –tan artificial la siento–. Sobre la frente 
cabello de nieve una corona de laurel: cada hoja peciolada proclama premios recibidos; su mano –sarmiento– muestra un pergamino –tan espurio…– de sus traducciones al dialecto jónico, al micénico y a otro que no alcanzo a entender…

Alejada y rozando un muro, la frente inclinada, se desliza una delgada sombra –la mía se aproxima con cautela…

Resultado de imagen de IMAGENES PINTURAS DE GRUPOS
Imagen de Xul Solar

Un hombre transpira.
Huelo esfuerzo.
Insomnio, en las arrugas profundas.
De las comisuras, la ensoñación.
Del cabello desordenado, la ausencia de espejo.
En una mano, un cálamo.
Un pliego, en la otra.
Me habla su Silencio.
Un tornado, en su interior.

En su túmulo presiento las palabras del poeta John Keats: «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua»; siento que el Poeta trasladado a mi mundo “moderno” –ay–, rechazaría todo premio institucional: no por hacer ruido o darse importancia sino como
posicionamiento ético, pues para él la escritura y la creación no es compatible con la competición; así como otro poeta puede rehusar todo juego político y algún otro se solidariza con sus compañeros de arte o escritura, por ser sus Maestros igualmente meritorios del premio que él rechaza.

Imagen: Xul Solar

Así ocurrió con Joseph Andras. Antes, Georges Sand (Amandine Aurore Lucile Dupin). Luego, Boris Leonidovich Pasternak, Jean-Paul Sastre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Julián Marías y Jordi Savall. También Claude Monet, Marlon Brando, George Brassens, Thomas Piketty y Bob Dylan.

Resultado de imagen de alejandro xul solar obras
Imagen: Xul Solar

Círculo que abraza el principio:

En un sueño despierto…

Un cortejo fúnebre.
Susurros.

El cuerpo inerte de Ibn Rushd
–Averroes–
sobre un mulo.

Su contrapeso,
todos sus libros.

Tal vez aún es posible, en medio de tanta soberbia, ante la radicalidad de la Vida, competir, optar, por la Belleza.

domingo, 25 de septiembre de 2016

CUANDO OTRO "OUED", OTRA ACEQUIA, OTRO CIELO, SE "SIENTE" COMO PROPIO




Leonor Merino García (Univ. Autónoma de Madrid, escritora, traductora, poeta) Publicado: DOS ORILLAS, Revista Intercultural, Año 2015, XVII-XVIII, pp. 147-155
                                                
 Detrás de la belleza turística –ay– de los paisajes que Occidente 
                                                 admira del llamado Tercer Mundo, se disimulan, a veces, 
el desamparo y la miseria de mujeres y hombres 
que no domeñan su destino.
  
Todo el mundo lo dice: Marruecos, país de “cine”
           
Hace tanto tiempo –¿un sueño?–, dije ya, lector, que los árabes comprenden por Magreb al-aqsa al Magreb más occidental, es decir a Marruecos: puesta de sol cayendo en el mar.

Ubicado en un paraje encastrado y mecido por la cantarina marea del Mediterráneo, al Norte y al Oeste, se deja llevar hacia el desierto, por el Este y por el Sur, en destello de elementos, que despierta, en la pintura, el embeleso bañado por el luminoso sol de claridad tan excitante, que hace oscilar el entorno de los objetos.

Pero Marruecos es un país en el que los colores y los contrastes no se inscriben, en el cielo o en la tierra roja, para convencer al turista o al viajero de su belleza y autenticidad –toda una delicia es ver desenrollarse, a nuestro paso, el hermoso tapiz del Atlas en ciertas obras del escritor marroquí Dris Chraïbi.

Su matiz, color y olor –en rica sinestesia– están ahí, de manera natural, como presentes están sus ciudades blancas, Mogador, merecedora de su nombre árabe, suriah: el cuadro, el grabado.

Pero si es que todo el mundo lo sabe: Marruecos es envidiado y elegido por los productores de cine. Orson Welles rueda Othello; Albert Hitchcock, L’homme qui en savait trop; Francis Ford Coppola, Patton y L’étalon noir; Pier Paolo Passolini, Oedipe roi; Jean-Luc Godard, Claude Chabrol y otras celebridades, Astérix, Obélix…

        Lawrence d’ArabieLe Thé au SaharaGladiator y Marie de Nazareth fueron rodadas en la deslumbrante ciudad de Uarzate[1], y en sus alrededores de magníficas qasbat, donde la aldehuela, Aít Ben Haddu, atravesada por El ued El maleh, nace, comopor encantamiento, en un campo perfumado de jazmínes, clemátides, pasionarias, madreselvas en zarzales, invadidos en su humus, por un tapiz de tréboles, oxálidas y hierbas salvajes, por donde brincan y aletean pájaros multicolores[2].




Alabado por Europa, antes lo fue por Homero y hacia el año 1300 por Dante, Marruecos, canto a un país lejano, ensoñado en la hazaña del mito como el de Ulises que, no por azar, fue el primer relato de la errancia.

Sus raíces nutricias se sumergen profundamente en la tierra de África.

Por un lado, en los lazos culturales seculares hacia Oriente –ay su complejo– y, por otro, extendiendo sus brazos hacia el mundo Occidental –ay su superioridad moral–, donde desea encontrar, sobre todo entre nosotros, un suelo generoso, convertida ya la inmigración –movimiento social imparable desde que existe el hombre sobre la Tierra– en llegada, primero, y en acogida ciudadana, después, que ha de ser compartida[3].

Porque si aún quedan retos-desencuentros en la política española-marroquí y prejuicios y percepciones negativas del imaginario sobre ambos países[4], sin embargo, existen hechos, sobre todo culturales, que certifican que lo marroquí y lo español se entreteje, puesto que, desde siempre, intelectuales y escritores de nuestros dos pueblos vecinos han mantenido relaciones muy cordiales, y sus textos –traducidos en una y otra lengua– permanecen como legado importante en ambas literaturas.

Así, Cervantes, Machado, Dámaso Alonso, Aleixandre, Alberti, Lorca, Altolaguirre y Goytisolo, entre otros muchos escritores, han sido traducidos al árabe y de esta lengua han sido vertidos a la lengua castellana las obras, entre otras muchas, de Chukri, Benyelun, Zafzaf, Nini, Bennuna, Al-Tabi`a, e igualmente las obras de autores marroquíes de grafía francesa, como Chraïbi, El Maleh, Ben Jelloun, Laabi, Sefrioui, Serhane, Binebine, Berrada, Lofty, Mernissi, Ech-Channa, EL Khayat, Hadj Nasser, Jocelyne Laabi o Nedjma.

Y qué decir de la obra literaria de los marroquíes hispanistas que, a pesar de los malentendidos, prejuicios y desidias, han preservado su vínculo con España[5].

Como también lo hicieron mucho antes los moriscos que, expulsados de España por Felpe III, cultivaron una literatura y una lengua llamada aljamía[6].

¿Y vamos a dejar de lado al afamado filósofo y médico musulmán Ibn Ruchd (Averroes) que vio por primera vez la luz en Córdoba o a su contemporáneo, nacido en Guádix, Ibn Tufail (Abubacer) y a su paisano Ibn Badja (Avempace), médico, astrónomo y poeta, o al historiador árabe y fundador de la ciencia social en el s. XIV, Ibn Jaldún, perteneciente a una familia noble de Sevilla? ¿Y qué tal si recordamos a nuestro murciano, Ibn Arabi, cuya obra influyó tanto en Raimundo Lulio y en La Divina Comedia de Dante Alighieri y también, en nuestros días, al marroquí Muhammad Abed al Yabri, filósofo poblado de pensamiento andalusí?[7]

Pero, sobre todo, entre nuestros dos países –entre una y otra orilla (Dos Orillas)– y bajo el esplendor de la civilización árabe islámica, quedaron profundas huellas y estrechos contactos, puesto que lo magrebí pasó a ser parte integrante de lo hispano: el impacto artístico almohade en diversas regiones españolas, así como lo andalusí, a su vez, se convirtió en patrimonio marroquí: la arquitectura en Tetuán –paloma blanca– o en Fez –la Atenas de África.



En esas hermosas ciudades, así como en Chefchauen –azul derramado sobre rugosas montañas rifeñas, en Larache –descanso eterno de Genet– o en Salé –otra orilla del río Bu Raqraq frente a Rabat, viven en la actualidad numerosas familias que se vanaglorian de su apellido español. Esos marroquíes de origen andalusí también se encuentran en los campos y cabilas entre Alhucemas –espliego y lavanda– y Tánger –edén del pintor.

Y en ese viaje, de ida y vuelta de los hombres y de las palabras, mi propio apellido castellano es de procedencia árabe: Mérinos cordero de los Beni-Merine, célebre dinastía de los Merinidas (siglos XIII-XV).

Lo que demuestra que no existen razas ni lenguas puras, sino una proximidad, una hermandad, energía inagotable que se trasvasa en su navegación subterránea...[8]

Porque hace tiempo lo comprendí, lo interioricé, realicé mi propio viaje hacia esas raíces compartidas, acompañada de un bagaje cultural: de mi propia cultura, de literatura e historia clásica francesa y de literatura magrebí de grafías francesa y árabe.


Realicemos, hoy, un corto viaje a nuestro vecino del Sur. Pero, antes, detengámonos, párate, caminante y lector.


 Siste, viator atque sit tibi terra levis

Viaje y camino son indisociables, como el andar y el suelo donde se apoya un pie tras otro. El viaje implica alejamiento del sujeto respecto del lugar tomado como referencia. El camino implica una prolepsis: de ahí los mapas y, en ocasiones, las alforjas.

Viajar es marcharse cuando uno tiene ganas de irse y permanecer cuando uno tiene deseos de quedarse: ¿no es el hombre un fugitivo que, huyendo de la rutina, busca la ruta de su libertad?

Sin embargo, el hombre del Neoclásico, sedentario, no viajaba y alguno no salió ni de su ciudad. Mientras que el hombre del Romanticismo, al menos el hombre prototípico, era ante todo viajero: homo viator.

Y qué diferencia existe entre turista y viajero –¿por qué no preguntárselo, lector?

El turista, en general, se apresura en regresar a casa al cabo de algunos días –la ida y vuelta: el tour.

El viajero, siempre extranjero en los sucesivos lugares de estancia, se desplaza, lentamente, de un país a otro y, en algunos de ellos, se siente como en casa.

Es decir, “siente”, percibe, que una ciudad, un cielo, un río, una acequia le pertenece, tanto como a los propios aborígenes.

El viajero compara su cultura con las de los Otros y rechaza de ella los elementos que desaprueba.

Ay, para lograrlo, para alcanzarlo, es necesario desaprender lo que se sabe y así, el viajero va combatiendo los prejuicios y la ignorancia.

El turista acepta su propia civilización sin objeción y ve al Otro en la “sombra” con mirada exótica, teñida de cierto paternalismo.

Y es que uno no puede basarse en argumentos, como simple turista, para juzgar una sociedad o cultura sino dotarse de mirada y actitud de verdadero viajero.



Sabiendo que viaje y camino –adarve– se reducen al círculo del ser humano.

Sit tibi terra levis –dijeron los romanos en el deseo de que la tierra sobre el cuerpo yacente sea ligera–: anhelo, hoy, para el andante nómada sobre la tierra –como Don Quijote– que se taracea al de nuestro Machado: ligero de equipaje.

Anhelo, también, para el poeta –“hecho para extraviarse, pues su camino es ausencia de camino”: George Sand–, y para el artista –“a quien conviene levantar la tienda por una hora y no edificar en ningún lugar morada sólida”: Franz Listz. 

Tánger versus la actitud del viajero-lector

Seguramente, Marruecos es donde comienza lo oriental para un occidental.
Aprehendido en la categoría del tópico, del cliché y por esa causa –para muchos– inaccesible, por desconocido.

Situado en un Sur más imaginario que real, parece abrirse para el occidental –originario del Norte– como umbral de la aventura africana, árabe o islámica.

En este país marroquí, también Tánger –hogaño como antaño– continúa siendo objeto de ambición de mucho “soñador”.




Llamada por los griegos “Tinyé” y en langue arabe (طنچة) “Tanya”[9] –nombre de la esposa de Anteo: gigante de la mitología griega que fundó esta ciudad[10]– se fue convirtiendo, con el paso de los tiempos, en una ciudad mítica.

Sale a mis palabras el escritor marroquí Mohamed Chukri: “pero el mito no se explica porque si lo explicas dejará de serlo”.

Detengámonos, ahora, en este escritor, que habiendo nacido en una paupérrima aldea rifeña, malvive desde la pubertad –huyendo de un padre asesino y beodo– por las calles tangerinas, que conoce como la palma de la mano, rodeado de miseria, violencia, prostitución, drogas.

Su obra universal y traducida al francés como Le pain nu y llevada al cine por Rachid Benhadj, es autobiográfica, catártica, fantasmagórica.

Chukri, autodidacta, grita “yo” y se revela desnudo en toda su violencia.
El texto retoma la figura del padre para matarlo –enterrarlo en una fosa que “no podrá ser más que un estercolero”– y buscarlo –según Sigmund Freud.

Mohamed, el protagonista hambriento vive al día–, zozobra poco a poco en el alcohol y los estupefacientes y describe el pavor, la angustia de ser violado. Por eso prefiere dormir entre cuerpos sin vida, que en la calle: donde pululan crueles vivos.

Chukri, analfabeto hasta los veinte años y forjado con la fuerza de su voluntad, dicta en Tánger, al escritor americano Paul Bowles y en nuestro castellano, su falta de ternura, su penosa soledad, su sexualidad sin ambages. Por eso su escritura vio la luz, por vez primera, en lengua inglesa, For Bread Alone en 1973[11].

Años más tarde, 1980, este texto, convertido luego en culto, lo traduce y prologa al francés Tahar Ben Jelloun[12], pero permanece prohibido, en lengua árabe y en Marruecos, hasta 1982. En ese momento, se agota rápidamente y, de nuevo, es vetado hasta el año 2000 –un año antes de que Mohamed Chukri se despidiera de todos nosotros a los 68 años, para siempre, en Rabat.

En nuestra lengua, se publica a finales de los ochenta como El pan desnudo en versión de Abdellah Djbilou[13] y prólogo de Juan Goytisolo. Pero el lector tiene ya una nueva versión de Rajae Boumediane, El pan a secas, que se hermana con el título y el texto original, Al-jubz al-hafi.

Tánger, siempre Tánger –Oriente de Occidente y Occidente de Oriente: medina-árabe/ciudad-cosmopolita– con su mundillo pasoliniano, por donde trasiegan las lenguas: marroquí, bereber, español, francés, inglés…

Tánger era Chukri, le habitaba –su lenguaje y su refugio[14]– y desde allí, desde el diminuto polvo de una estrella, resuena su voz veraz de jugoso castellano, que no se extingue, velada por el humo eterno de sus pitillos y la botella inseparable que sazonaron su vida con sabiduría mortal: “terminaremos muriendo sin llegar a descubrir el secreto de Tánger, donde cualquiera puede escribir un librito”. O esbozar una pintura –ese artístico enigma tangerino…

El emblemático escritor lo supo bien desde la época de aquel Tánger bohemio de trotamundos, de aquel Tánger de la jet-set.

Entonces, cada cual amaba “su” propio Marruecos en búsqueda de exotismo y placer, donde anidaba, también, el odio, el racismo, el desprecio con el que se mira y se trata al humilde, como lo refleja Chukri en Paul Bowles, el recluso de Tánger, espejo de Jane Bowles, Tennessee Williams, Allen Ginsberg, William Burroughs, Gore Vidal, Jack Kerouac o Truman Capote –personajes que no escapan al escarpelo de su pluma.

Tánger era la entidad protectora contra su soledad, su angustia, su spleen –melancolía, hastío–. Cada cual se encontraba entre dos polos, entre lo que había abandonado y lo que buscaba: aquella soledad y este bullicio humano; aquella bruma y este sol; aquel puritanismo y esta libertad.

A veces, se tenía la impresión de vivir en un cuento: una leyenda con sus fiestas a la manera de las Mil y Una Noches, ofrecidas por Barbara Hutton, entre otras celebridades que habitaban en djebel el-Kébir la gran montaña: una zona residencial de gran poder económico.




Época de aquel Tánger de dinero fácil, hoteles y bares elegantes, frente a la existencia de sus habitantes, pobres, desahuciados de todo trabajo en su mayoría, que luchaban por ganarse la vida como podían o les dejaban –en trabajos manuales o a veces sus manos en el hurto.

También escritores –Chateaubriand, Irving, Gautier, Loti…– y pintores del siglo XIX – Ingres que jamás visitó Oriente, Delacroix, Matisse…– sintieron esa necesidad de llenar un vacío espiritual, huyendo de la cotidianidad, del desencanto: páginas, figuras humanas, odaliscas distantes a través de pinturas y relatos tan numerosos como absurdos por sus representaciones del mundo femenino, interpretaciones falsas e imaginarias y mera copia de lo que fue siglos antes la yáriya[15]: escenas barridas con poderoso hálito romántico donde alternan el ardor, el exotismo, la languidez, la ferocidad.

“Y de dónde les viene” –exclama no exento de amargura a los cuatro vientos el poeta tunecino de estirpe hispanoárabe-andalusí, Abderrazzaq Karabaka:

“Abrid sus libros, probad a sus sabios, preguntad a sus grandes hombres por ese Oriente. Oíd: "... El eterno secreto... La asombrosa esencia... ¡Oh, oh el Oriente... Oh...!" Una cámara alzada sobre cuarenta columnas esculpidas de los montes de Saba, apretadas en hiladas de oro macizo, coronadas de techos ebúrneos bañados de plata y de los que penden cortinas de damasco manchadas de almizcle y de azafrán. [...]. Éste es el Oriente que leemos en algunos escritores de Occidente y que oímos de sus bocas. ¿Y de dónde les viene?... Mi señor el Oriente: ellos hablan –y son veraces– de Shehrezada... Shehrezada [...] ¿No le va a llegar la mañana, para que así deje de hablar definitivamente?”

Por eso, ya para Domingo Badía (Barcelona 1767-Damasco 1818), el famoso espía conocido por Ali Bey El-Bassi, Tánger era comparable al efecto que desencadena la ensoñación.

Tahar Ben Jelloun, escritor marroquí ya citado, en imagen subjetiva y poética, la define como una mujer que no se atreve a buscar su reflejo en el espejo porque, tal vez, en sus calles sólo la memoria persiste.


Somos raza mora vieja amiga del sol

            Nuestro Machado vio y se identificó con esas gentes, vecinas nuestras, que todo lo ganaron y todo lo perdieron.

Baroja habló de la proximidad compartida: Para un español, el cambio de Andalucía a Tánger apenas podría notarse si los hombres de esta tierra no llevaran sus ropajes árabes y no hablaran árabe. El aspecto de la población es casi idéntico al de una población agrícola española.

            Paisajes y lecturas que nos obligarán a preguntarnos y a ver, en la cultura del Otro, nuestro propio reflejo y cuánto de nosotros se encuentra en él, compartido.

       El conocimiento es proceso de información, formulación de preguntas, escrutinio, discernimiento entre los datos adquiridos de ese conjunto de información.

La cultura –dijo Milan Kundera– es la memoria del pueblo, la consciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de vivir y pensar.

            Así, echados por tierra los prejuicios acumulados, acompañados por la lucidez, en nuestro viaje –atento y en alerta el espíritu–, con el fin de encontrar el camino. Puesto que el paisaje, el entorno, cambia a cada paso, y la senda invita a pensar, a reflexionar, a preguntarse una y otra vez.

            El mapa del camino se modifica sin cesar y la dirección exacta, de la que uno podía partir de manera certera, se adapta a medida que brota un nuevo cauce, río –ued–: jamás sospechado, jamás explorado en el pasado.

            Viajero, aprenderás a mezclarte, a salir de tu “costumbre”, llegarás al resultado de una nueva síntesis de elementos.

En la marcha, al deambular, no sólo lograrás descubrir el espacio recorrido sino a depositar en él secretos: tus secretos, viajero.

Ibn Batuta (1304-1377), cuyo cuerpo descansa en la medina tangerina, fue al encuentro del Otro y retornó rico de sus periplos solitarios: rico en sabiduría, emociones y relatos, de aquello que hace la riqueza del viajero: su memoria.

Para el filósofo de origen persa, Al-Ghazali (1058-111), viajar –safar en lengua árabe– implica un proceso interior de transformación, liberación y éxito.

El viaje, como búsqueda de conocimiento, nos equipa de visiones de mejores mundos por construir, nos brinda nueva mirada –un ojo vigilante, una esperanza sobre lo que se puede erigir–, nos aleja de divisas, eslóganes y clichés, en ese conocimiento mutuo que debería ser la búsqueda comprometida más que una necesidad de evasión.

Aprehender que en un mundo, donde los valores intrínsecos se combinan con la libertad, la belleza y la creatividad, se produce un enriquecimiento por esa diversidad: una apreciación auténtica de la alteridad y la construcción dinámica de la identidad.



El escritor libanés, Amin Maalouf[16] (autor de León el africano en el que ya no hay extranjeros en este siglo sólo existen compañeros de viaje), nos señala que reducir la identidad a una sola pertenencia es situar a los hombres “en una actitud parcial, sectaria, intolerante, dominadora, a veces suicida, y los transforma con frecuencia en asesinos o en partidarios de asesinos”: Identidades asesinas.

Aprender que la integración no es ir al mismo ritmo es acoplar diferentes ritmos, en una interrelación que debe ser bidireccional.

Es riqueza abrirse al Otro y al diálogo, porque “si discrepas de mí, hermano, lejos de perjudicarme, me enriqueces –dijo Saint Exupéry en su obra póstuma, Citadelle (1948).

Es arte saber escuchar y aprender lo que aún no se conoce.

Dos grandes sufíes que se arropan con lana –tejido de los más desasistidos y despojados–, como Yunus Emre de origen turco (1238-1320) escribió: El mundo es mi verdadera nación. Sus gentes son mi pueblo”. Y el murciano Ibn ´Arabi (1165-Damasco, 1240) cantó: “El amor es mi religión y mi fe”.

Pensamientos que nos permitirá vivir juntos –enriquecerse, integrarse sin desintegrarse, sin someterse– como seres dotados de razón, libres, responsables, respetuosos y respetados: “que los hombres recuerden que son hermanos”, dijo ya, en el siglo XVIII, Victor Hugo en Traité sur la tolérance.

Regresaré, aún, palparé siempre la hospitalidad árabe y musulmana –me digo con esa nostalgia que se degusta con deleite–, para mezclar mi calor humano al calor humano de su gente:

Pueblo eterno joven nervioso, hermano / como el íbero y el beréber –un día, versifiqué.


Campesino chefchaouen /autora: Larisa Sarria





[1] Leonor Merino, “Ouarzazate, Skoura, enclaves culturales, a sólo un paso del desierto”, Amanecer del Nuevo Siglo, Revista cultural, Madrid, nº 134 Agosto, 2002, pp. 71-72. 
[2] Sin embargoOuarzazate Movie (Ali Essafi, 2001) es una película que muestra las condiciones de los rodajes extranjeros en el sur marroquí y desnuda el rostro monstruoso del mundo de ensoñación, que es el cine caracterizado por la explotación salvaje de la población local.
[3] Con motivo del incremento de la inmigración ilegal y del incidente militar de la isla Perejil o Leïla, en el 2002, solicité audiencia al entonces embajador en Madrid, con el deseo de ofrecerme y aunar nuestros lazos: “Abdessalam Baraka: Marruecos. Un vecino al alcance de la mano. Entrevista con el embajador de Marruecos”, Diario de León (León).
A la búsqueda de esa unión, son ya muchos mis trabajos, algunos reflejados en mi obra, La mujer y el lenguaje de de su cuerpo. Voces literarias del Magreb.
[4] Mohamed El-Madkouri Maataoui, La imagen del otro en la prensa. Arabia Saudí, Egipto y Marruecos, Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, Madrid, 2009.
Leonor Merino, “La imagen del Árabe-Musulmán en nuestra prensa”, L.E.A., Colegios Universitarios, Madrid, octubre-diciembre, 2011, pp. 27-32.
Mohamed Boundi, Heridas sin cicatrizar, España-Marruecos, Diwan Mayrit, Madrid, 2012.
[5] En el Homenaje a Mohamed Chakor en “Casa Árabe” (2 de julio en Madrid), escribí un estudio comparativo: “Mohamed Chakor, poeta de corazón árabe-madrileño, abierto a la literatura árabe-magrebí de grafía francesa” (en prensa).
[6] Leonor Merino, “BEN QASIM EL BEJARANO, Ahmad, Ausencia de toda tierra. Anaquel de Estudios Árabes, Universidad Complutense de Madrid, 2011, vol. 22, pp. 295-315.
[7] Leonor Merino, “Al-Andalus punto de encuentro”, Diario de LeónCultura, 11 de noviembre, 2001.
Leonor Merino, “Conquista de Al-Andalus en la novela magrebí y en los relatos árabes”, XV Simposio Internacional de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada, in Mil seiscientos dieciséis. El mundo medieval en al literatura contemporánea, “Anuario 2006”, Vol. 12, pp. 85-94.
 [8] Leonor Merino, “VIAJE DE LAS PALABRAS ÁRABES POROSIDAD DE LAS LENGUAS”. En AWRAQ, Estudios sobre el Mundo árabe e islámico contemporáneo, Madrid, Vol. XXV, 2008, pp. 347-350.
Leonor Merino, “Ni lenguas desplazadas, ni lengua pura”, Diario de León. “Tribuna”, 04/02/2012.
[9] Según la leyenda, esta ciudad surgió del diluvio universal, puesto que cuando Noé soltó una paloma, para explorar la tierra, grito: “Tin Yá”, expresión del dialecto marroquí, que significa “el barro ha llegado”, ya que de él estaban sus patas impregnadas.
[10] En el siglo XIV, el gran poeta florentino, Dante Alighieri, recupera la figura de ese gigante como guardián del “noveno círculo” del Infierno, en La Divina Comedia.
[11] A finales de los setenta, Bowles retranscribe en su lengua, The Big Mirror: relato fabuloso del narrador marroquí también analfabeto–, Mohamed M’rabet. Y el cineasta Moumen Smihi lo adapta con el título, Quftan al hub munaqat bil hawa/Caftan d’amour constellé de passion, en 1988.
[12] Premio Goncourt 1987, por La nuit sacrée.
[13] A su muerte le dediqué: “Vibrante homenaje”, Tres Orillas, Algeciras (Cádiz), Revista intercultural, nº 13-14, 2009, pp. 177-179.
[14] Sería injusto limitar su creación a un solo libro –soberanamente rebelde que dotó de un nuevo hálito a la autobiografía de lengua árabe–: otros escritos suyos permanecen, poderosas narraciones realistas de ensoñaciones, locura y entusiasmo por la vida, sensibilidad y sinceridad tejidas, teñidas, por sus autobiografías: Tiempo de erroresRostros, amores y maldiciones o Jean Genet en Tánger.
[15] La madre de Harún al-Rashid, quizá uno de los más grandes soberanos de la Historia árabe, fue una yáriya –esclava– asumiendo un gran poder e incluso abusando de él, en la corte de su hijo.
[16] Premio Goncourt, 1993 y Premio Príncipe de Asturias, 2010.