lunes, 6 de julio de 2020


INTRODUCCIÓN: Leonor MERINO

“CINCO FRAGMENTOS DEL DESIERTO”: Rachid BOUDJEDRA


El escritor argelino, Rachid Boudjedra, alcanzó renombre internacional con su primera novela “La Répudiation” (trad.: Emecé, Barcelona) que, precedida por “Le Passé Simple” (trad.: del Oriente y del Mediterráneo, Madrid) del marroquí Driss Chraïbi, removió las conciencias, promovió la desazón, ofreció un gran hálito de justicia y de verdad. Pero, sobre todo, ambos autores -que sienten y organizan sus campos novelescos de forma personal- han rehuido todo intento de “recuperación”, en la integración de cualquier sistema ideológico y económico dominante, que desee convertirse en protector de la libertad de expresión.

En efecto, la prensa extranjera acaparó enseguida esas obras para hablar de los “males de la tribu” y de la “moral de los ancestros”. Ese “acaparamiento” por cierta crítica, al acecho de una pintura y descripción que corroboran una forma subjetiva de ver al Otro, es bastante inaceptable, al menos para ciertos poetas e intelectuales como para el argelino Jamel-Eddine Bencheikh. También es cierto que, con buena voluntad, en el deseo por descubrir una realidad sociocultural, se pase al lado de lo esencial; es decir, del trabajo innovador del autor en la lengua.

Pero lejanos están ya esos tiempos “iconoclastas” -la literatura también es ajuste de cuentas- donde se gestaron ambas escrituras, audaces tanto por su forma como por su fondo, en las que ha de prevalecer, ante todo, la estrategia en la elaboración del lenguaje, la intensa relación con la lengua, con las palabras, con los signos, que brindan juegos de espejos, inversiones, engastes, meandros -el delirio se injerta en el cuerpo del relato-, imágenes cercanas a la música donde escritor y lector gozan en comunión: el amor como la escritura es asunto de dos.

Puesto que para Boudjedra, como para el escritor marroquí Khatibi o el tunecino Meddeb, la escritura es gozo, pero gozo sensual: texto-sexo donde el “verbo se hace carne”. El arte de narrar a la búsqueda del sentido de la palabra puntual cuya musicalidad, en la escritura-trazado, emana de la sensualidad, de la sexualidad y de la emoción del propio calígrafo.

Como en este gran latido poético, “Cinco fragmentos del desierto”, donde pocas veces el Sahara -mar de arena deslumbrada- ha sido tan certeramente dibujado / desdibujado, en su luz / noche, en su nada / todo. Pálpito de la carne y del corazón en el deseo erótico de estos poemas en prosa.

Escritura como gozo carnal para Rachid Boudjedra, al igual que para Saint-John Perse, pero que en nuestro escritor argelino posee algo de locura, alucinación, y mayor erotismo: “como pudor de mujer que desnuda su cuerpo y descubre que sus caderas son tan arcillosas, tan redondas como dunas”.

La mujer es siempre quien recibe ese flujo, esperma, inagotable que constituye su escritura. Y ante la mirada del autor se van a interponer las ardientes dunas de relieves inestables, inaprensibles, inalcanzables, jamás inmóviles. Y de nuevo le asalta la imagen femenina que provoca su discurso, su escritura: “cuando la turbación de sí se acrecienta a causa de toda esa desnudez, los caminos se convierten en umbrales, apenas desdibujados”.

Vías, sendas del oro y de los esclavos, azotadas por imprevisibles vientos furiosos, curtidas por un sol despiadado, silenciadas bajo la lámpara de cada estrella. Y en esos caminos de huellas inestables, se recorta otra imagen de hembra -navío de estepas-: “jóvenes camellas descuartizadas en espera del deseo, con esa majestuosidad que da a sus pisadas grandilocuentes, una especie de paciencia de parturienta que ya ha roto aguas”.

Tenemos ante los ojos, lector, un hermoso texto con influencia de las suras de la Meca, también, de quien el autor celebra su belleza y modernidad. Pues al aunar textos árabes y musulmanes -sacros o profanos-, la sabiduría preislámica y la cultura occidental, Boudjedra va en búsqueda de su profunda inquietud estética, política y social que subvierta todas las leyes de una realidad, a veces, poco halagüeña.

Por ello, al encuentro con su profundo hálito y creando intertextos, que es la manera de observar el mundo, el autor convoca a otras voces poéticas: al citado Saint- John Perse (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1887 - Presqu’île-de-Giens, Francia, 1975), que describió el destierro que sufre el hombre de cualquier siglo desde Ovidio hasta nuestros días; a Jean Sénac (Beni Saf, 1926 - Argel, 1973), poeta argelino de raíces españolas y de profundo amor por su patria y por su gente; a Alí Ahmad Saíd Ésber, “Adonis” (1930), poeta sirio-libanés de ecos prístinos en libertad de poesía árabe; al gran místico Al-Hallach nacido el año 857 en al-Tus, región del Fars (Irán Central) y ejecutado en Bagdad en el 922; a Ibn Al-Baitar, renombrado botánico andalusí (Málaga, 1188 – Damasco, 1248); a Ibn Jaldún (Túnez, 1322 - El Cairo, 1406), uno de los más grandes historiadores de todos los tiempos y el primer sociólogo que registra la historia; así como a Lorand Gaspar (Transilvania oriental, 1925), cuyos libros hacen de toda su obra una de las referencias de la poesía actual.

Al evocar a todos ellos, Rachid Boudjedra ha deseado dar testimonio de los maestros que tanto admira, al mismo tiempo que da respuesta a los versos de Saint-John Perse, que sirven de umbral a los “Cinco fragmentos del desierto argelino”.

Ese oceáno dorado que seduce a Rachid Boudjedra, lleno de raptos silenciosos “con sabor a desastre”.

Ese Ahaggar , bastión y corazón del desierto de enclaves arqueológicos, patria de los fascinantes tuareg, donde fue enterrada con sus joyas Tin Hinan -desde allí “vela”, dice Boudjedra-, la princesa beréber venida del lejano Tafilalet, sudoeste de Marruecos, de quien la tribu de los Kel Rela aseguran descender.

Destino singular ese Desierto -bellamente descrito- con sus monumentales ksurs -que ha originado el arabismo alcázar, pero que en este contexto traduzco por palacios-; con sus chots, lagos de agua salada; con su Tassili, extraordinario paisaje lunar, meseta “de abismos insondables” donde la sombra de Ahana -otra reina de los tuareg-derrama un erotismo a la vez crudo e inocente”.

Todo ese destino ejemplar que asusta, hastía y enamora. Por eso, este autor argelino de mirada enérgica y afectiva, fino psicoanalista y lúcido filósofo, que conoce el ansia del corazón humano -en pos de lo inaprensible en el romántico, de la libertad en el aventurero, de la paz en el místico o de la absoluta soledad en la obstinación del anacoreta-, nos narra ese “Desierto” -como refutación de espejismos- de donde salieron “las grandes dinastías inflexibles, como las almorávides y las almohades”.

Nos narra ese vacío, “desbarajuste cósmico, donde todo extravío se torna plausible, donde toda exaltación se torna en lamento, donde todo júbilo se torna en la búsqueda de NADA”.

Boudjedra, con este luminoso texto, sigue participando en la salvación de los hombres que reposa en la contribución intelectual, filosófica, poética, ensoñada:
Dimensión mágica que ofrece a su obra.


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INTRODUCCIÓN: Leonor MERINO
“PARA NO SOÑAR MÁS”: Rachid BOUDJEDRA

Toda primera novela ha sido, tal vez, un bosquejo de palabras depositadas en unos versos. Así, en estos primeros poemas de Boudjedra -algunos publicados en revistas literarias como Chorus en 1963-, se encuentra depositado el germen embrionario de una narración que le daría gloria internacional, La Répudiation[1] (cuyo personaje femenino principal se llama Céline en homenaje a Louis-Ferdinand Céline), en la que el autor se lanza, se enzarza, se ahoga, pero que, en parte, se salva, puesto que le ayuda a liberarse.

Una narración en la que ciertas secuencias rítmicas toman el hálito del verso libre heredado de estos versos escritos en plena juventud, Para no soñar más.

Rachid Boudjedra, escritor político, reivindica el derecho a la poética, lo que le permite, en sus diferentes y numerosas obras posteriores, aunar lo imaginario más desbocado con lo realidad más obtusa, así como injertar el delirio en el cuerpo del relato. Aunque sin caer en lo didáctico, puesto que siempre ha deseado demostrar que lo esencial es la creatividad y que lo que proporciona valor a una obra es su estilo, su estructura y su propia visión del mundo.

El autor nunca ha deseado que los temas políticos y sociales oculten la escritura, la literatura, que interviene en un nivel superior, como en estos poemas que son todo un combate, toda una herida, en ese espacio donde el verbo conduce al vértigo por la única virtud de su resonancia.

Un verso que, cuando se hace breve, es brusco, entrecortado, nervioso, verdadero frenesí. Y que, cuando el verso se alarga, la observación irónica de la sociedad se acompaña de un trabajo atento sobre la lengua, para que emerja un léxico hermético y un discurso dislocado de pesadilla, catártico, exorcista, machacón.

La lengua de Boudjedra, suntuosa y rebelde, tiene la habilidad de exponer las alucinaciones más lúcidas, que se sitúan entre lo real y lo imaginario, en un lenguaje acompasado donde la interjección, la exclamación y el laconismo surgen como bengalas. Sufrimientos, deseos, exasperación de la carne, vértigo del suicidio que, como torrente bajo la tormenta, se lanza en el delirio verbal a la manera de Kateb Yacine que puede aparecer a veces delicada, al lado de toda aquella avalancha.

Iracundo, el poeta lleva como estandarte la exigencia revolucionaria en su deseo de “abofetear a la justicia hasta que se ponga de pie”: crítica a una burocracia y a una tecnocracia al servicio de la burguesía. Pero su juicio sobre Argelia no es una condena, puesto que el autor no reniega de su arabismo, sino de la parte enferma de esa sociedad.

El mismo Boudjedra describe su propia intención: “Poeta decías / ¡NO! Hermano / Más bien / Martillo pilón / Oh esta vocación de bulldozer / Oh esta vocación de rompe-mares / Quisiera poner a mi pueblo / En el avenir / Del tiempo.

            Y este poeta, que conoce y ama nuestra lengua, también dedica un poema político a la España de 1963, en la que vivió unos años. Así, desde Barcelona, envía a sus amigos “La Noticia”, donde les narra que es “una polilla ambulante, un escarabajo viscoso que languidece”. Y se duele “del exilio carcomido”. 

Si creemos que el sueño libera, estos poemas son travesía entre lo ensoñado y lo real. Entonces, el escritor, “sol arácneo”, se evade por el erotismo que explica, sencillamente, la pasión del mundo y del Otro a través del cuerpo: “Oh mi somnolencia enmarañada / A la sombra de tu sexo extraño / Confusión... / Pudrirme en ti / Abertura... / Derramarme en ti.



[1] En esta novela, el autor se refirió a la intertextualidad. Por lo tanto, citó “dos o tres frases de Averroes, que para nosotros los musulmanes, era la antítesis de toda la filosofía islámica reaccionaria y dogmática, de todo lo que era dogma hasta él que desafió a varios filósofos que eran sus grandes adversarios, incluyendo El Ghazali”: Rachid Boudjedra, “La fascinación de la forma”, Le Matin 24 juin, 2003.



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Poema de Leonor MERINO, "Mi Voz Estelas en tu Cauce", Librería & Editorial Diwan, Mayrit
 
Rachid BOUDJEDRA


Se anima tu fuerza de carácter
ante la injusticia a la mujer
                                               en la horma de la tradición.

Se lee en tu mirada enérgica,
ojos mordaces antaño refugiados
                                               en el seno materno
                                               en el abra del arte
para trascender heridas de infancia:
derrochada en perversión
                                                                       oprobio
                                                                       pavor,
bañada en el fantasma de la sangre
                                               fascinación/aversión.

Brindas versión lírica del drama argelino.
Denuncias el dominio francés.
Ayudas a entender engranajes
que engendraron violencias
                                                en el drama patrio:
lucha por la libertad del pueblo expoliado.

                                                El compromiso
                                                            creador
milita para transformar la sociedad
                                    ampara causas políticas.

                                                Conjura
de hondo aliento,
                                                tus poemas
                                                            letanías
de adolescencia, juventud
                                                para no soñar más.

Necesidad de expresar la desazón individual.
Voluntad de ser intérprete
de la zozobra colectiva.
                                    Ironía en la pervivencia del mito.

                        Visión poética del mundo opaca:
El hombre tan solo forastero
portador de neurosis.

                                    Madre
                                               libertad
                                                           escritura:
                                    espacios privilegiados.

                                               Estandartes:
                                    Mujer en tus párpados
                                    Argelia en tu entraña.


                                                           ****


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