martes, 7 de febrero de 2017

TAHAR DJAOUT

La sonrisa tímida del hombre queda difuminada,
más su voz poética se oirá por siempre en su escritura

                                                                                               Leonor Merino García
           
            Tahar Djaout había nacido, en 1954, en Azeffoun en la Kabilia marítima. Pasa su infancia y adolescencia en la Casba de Argel. Realiza estudios de Matemáticas en la Universidad de Argel y de Ciencias de la Información y de la Comunicación en la Universidad de París II.

      Primero, como periodista profesional, cronista y editorialista de la revista “Algérie-Actualité”, toma parte de manera continuada en los debates políticos, lingüísticos y culturales de Argelia.

    Y más tarde, con la energía tranquila que le caracterizaba, no cejó de denunciar las taras de una sociedad y sus males destructores en la revista “Ruptures”, que dirigía.

     Su joven andadura está jalonada por una obra, premiada en dos ocasiones, que consta de poemas y novelas.

   Su poesía (« Solstice barbelé, 1973-1974 », « L'Arche à vau-l'eau », « Insulaire et Cie », « L'Oiseau minéral », « L'Étreinte du sablier » y « Pérennes. Poésies”: obra póstuma) destaca por su vigor y retorno a la grandeza de una antigua memoria que manifiesta, al mismo tiempo, la nostalgia de la infancia, el resurgimiento del sur, el viaje, la nominación de los seres y las cosas.

            Sus novelas (“L'Exproprié”, “Les Chercheurs d'os”, “Les Rets d'oiseleur”, “L'Invention du désert”, “Les vigiles” y “Le Dernier été de la raison”: novela póstuma) se caracterizan por su originalidad, por la búsqueda de un espacio de pureza, a veces teñida de causticidad y de sana ironía.

            Obras que dan muestra del ritmo poético de su escritura y en las que el héroe se encuentra doblemente expropiado del espacio natal y de sus palabras, pero siempre lúcido en una ciudad adormecida, anquilosada, que no sabe responder a los interrogantes de una juventud que ya no puede vivir en la hipocresía.

                El poeta nos da cuenta, en su obra, no del vértigo sufrido sino de su vasta ciudadanía.

            Este escritor hablaba siempre de su “piel provisional”, como si se sintiera en mutación, para recubrir su piel “original”, esas raíces cabileñas remotas, ese paganismo ancestral y esa comunicación carnal con la tierra, ese amor por Argelia: “Creo que un escritor argelino es un escritor de nacionalidad argelina y la mirada que pueda dirigir a su alrededor y al mundo no puede ser más que una mirada argelina, mirada que enriquecerá a Argelia más aún cuando la inscriba en un contexto de valores universales”.

            No sólo el rigor atraviesa su escritura, y su sueño era la paz de los suyos, sino que participaba en las preocupaciones de la literatura contemporánea entre la que contaba con numerosos amigos.

            Su defensa brava de los derechos del hombre, dondequiera que se hallara, se debía a su pluma humedecida en poesía y coraje.

            Su mediana y elegante figura despedían fraternidad. Su decimonónico bigote enmarcaba una amplia y sincera sonrisa, tras la que se agazapaba la timidez y la humildad.

            Su tono de voz caluroso, afable, resuena aún por aquellas recién regadas aceras de la Carrera de San Jerónimo y de la Plaza de Santa Ana, cuando vino al Coloquio “Maghreb-Europa”, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 2 de junio de l992: justo un año antes de morir en Argel, tras varios en días en profundo coma por atentado terrorista, perpetrado el 26 de mayo de 1993.

            El aire madrileño conserva aún el calor de su contacto, cuando juntos, al lado de la risa contagiosa del escritor Nabile Farès, mirábamos, con corazón ligero e indolente, el vuelo del pájaro que Tahar Djaout cantó:

            “Maestro tejedor y geómetra, he aquí al pájaro ordenador de formas y arquitecturas celestes [...] Por la perfección del vuelo, por la exactitud de trapecista y por la autoridad en las estaciones, el pájaro es dueño de los relojes de arena. Es clavija que consolida el edificio volátil del cielo, es puntuación necesaria al tiempo que gotea el olvido”.

            Este joven poeta argelino habló del amor con naturalidad y violencia, y supo también con sus manos separar “la violencia donde la mariposa del alma se gira”, con ese semblante de luz, “para ir en búsqueda de la fuente”.

            Pero existen “ciudades” -se lamenta el poeta- “donde es horrible tener veinte años; veinte años que uno querría tirar por la ventana, sobre todo cuando vuelve a ver a su prima reducida a la virtud de procrear. Sin embargo, subsiste mi poema, escudo en el que el refugiado ampara sus últimos pingajos y atiza su último aliento, como un parto subversivo”.

            Y este sensible poeta, que teme lacerar el sueño de los otros, él, “el áfono”, con sus pensamientos en desbandada, “farfulla con rostro de protesta, mientras los potentados dan orden de encarcelar a ese gran consumidor de sueños”.

            Poeta intuitivo que cantó “al mar al identificarse con su resaca”, y que habló también del bosque, de la agonía de la higuera, de su país, de “los astros que han sido enlatados para enamorar al turista”, de la errancia, del exilio, del rechazo y la soledad de los hombres.

            Pero en Djaout, existe también una profunda y pagana alegría de vivir, comprendida entre la dificultad cotidiana y la insulsez de ciertos ambientes, que, en alguna medida, se aproximaría a su compatriota Farès.

            Toda su obra representa constantemente una subversión de lo ya confirmado, un estallido de todas las fórmulas convenidas y de todos los conformismos.

            Si los primeros textos en ocasiones son agresivos en ese sentido, luego será cada vez más el humor el que se revelará como arma más eficaz que el anatema, pero siempre la poesía dará un cálido aliento a toda su obra.

            ¡Tahar!: “[tus] treinta [y nueve años] se [te] han quedado como arpón a través de la garganta. Sin embargo, [te] era preciso avanzar, empujado por manos invisibles. Avanzar hacia el lugar de la infancia y hacia la muerte, hacia la respiración de las calles de Argel - que detestaste y amaste -, porque es siempre con sensación confusa como encuentro este lugar que amo y odio por igual, Argel segunda ciudad de mi infancia, Argel donde debo cada vez detenerme antes de reemprender viaje para encontrar un poco más lejos, tierras adentro, la sepultura donde duerme, momificado e intacto, el recuerdo de mis primeros años, muesca de luz y de belleza mugrienta”.

            Hace ya algún tiempo que reposas en tu querida tierra cabileña, pues nadie, como tú, sabía que la naturaleza es “infatigable asesina, infatigable paridora”.


            Nadie, como tú, sentía el humus de esa tierra, y que la henna es planta de Arabia, y que el benjuí es perfume de Arabia. Todo lo que viene de allí colorea, perfuma y sana. “Por eso de niño soñaba[s] con ir allí en la migración de las golondrinas, en el instante en el que sus volutas siderales se pierden en el fluido del cielo”.

             ¿No nos lo decía el poeta?:
             El silencio es la muerte
            Y tú, si hablas, mueres
            Si te callas, mueres
           Entonces, habla y muere
   ¿Qué es lo que nos queda, entonces?




     Solo nos queda ser capaces de actos de vida con este homenaje, y proclamar que la travesía del desierto no ofrece temor y que el honor de ser escritor, de ser poeta, es el gran honor que nuestro Tahar Djaout mereció.

     Nunca más se verá la sonrisa tímida del hombre, pero tu voz poética resonará, por siempre, en tu escritura.

            ¡Acoge mis versos!:

Amigo,
                                                           cuando llueve,
                                                           la tierra huele
                                                           a humus, a hierba.
                                                          
                                                           Eres tú que bajo el suelo
                                                           tu esencia expandes,
                                                           sobre Kabilia, los mares.


            Eres tú, Amigo mío, acunado por el viento.

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