miércoles, 20 de julio de 2016

EL VUELO VICTORIOSO DE AHLEM MOSTEGHANEMI

Amigas/Amigos. Ruego aceptéis mi artículo sobre Ahlem Mosteghanemi: escritora argelina de lengua árabe y de hálito valiente y audaz, para quien el amor es pasión que hay que proclamar y gritar frente a una sociedad opresora, que parece ahogar los sentimientos más espontáneos.


EL VUELO VICTORIOSO DE AHLEM MOSTEGHANEMI
                               Ahlem Mosteghanemi’s victorious flight

Leonor Merino García (Drª Universidad Autónoma de Madrid, escritora, traductora, poeta)

Publicado: Especial Argelia II. Hesperia Culturas del Mediterráneo, Año X, 2015.



RESUMEN: Lejos de todo discurso hipócrita, Ahlem Mosteghanemi narra lo que vive sin rodeos, sin jugar con el sentido de las palabras, porque escribir, para ella, es desafiar, transgredir, chocar, hacer vibrar la lengua. Y, aún sabiendo captar el hálito de la poesía en su gota de silencio, se ha esposado con la novela, narrando historias, que atraviesan tierras y vadean confines, como un largo poema de sueños sin cumplir y de trágico  devenir, que son de gran significado, de gran relevancia, para el mundo árabe.
Una escritura hermosa de pulsiones físicas, salpicada de lirismo barroco e himno a una ciudad y a su país. Portavoz de la mujer argelina militante y de una pléyade de escritoras y poetas, ancladas en sus propias raíces, que vigilan la emancipación de la mujer con sus pulsiones bien presentes. Y que encuentran amparo en muchos escritores.

PALABRAS CLAVE: Ahlem Mosteghanemi, un yo femenino intradiegético, homodiegético; armónicos y poéticos eslabones femeninos; solidario ramillete masculino de escritura árabe y de escritura magrebí de grafía francesa; luto y pasión por Constantina y Argelia; prerrogativas masculinas; vuelo audaz y victorioso; escritura: espléndida luz y vergonzoso silencio.

SUMARIO:
ARMÓNICO ATAVÍO POÉTICO FEMENINO
AUDACIA EN LA TORMENTA
SEXO Y MUERTE, PAÑOS TARACEADOS
SOMBRA AHOGADA EN LA ESCRITURA
A GUISA DE CONCLUSIÓN

ABSTRACT: Far from any hypocritical discours, Ahlem Mosteghanemi recounts her experiences plainly, without no wordplay. For her, to write is to defy, to transgress, to crash, to make vibrate the language. She even knows how to capture the breath of poetry in its drop of silence, handcuffing herself with novel, and narrating a story that crosses from land to land and wades confines, like a long poem of unfulfilled dreams and tragic evolution. A poem full of relevance for the Arab world. Her beautiful writing of physical pulsion, splashed with Baroque lyricism, is an hymn to a city and to her country. Spokesperson of a militant Algerian pleiad of women writers and poets, who anchored to their own roots, monitor woman emancipation with all her own pulsions. All of them under the protection of many writers.

KEYWORDS: Ahlem Mosteghanemi; feminine ego intradiegetic, homodiegetic; feminine armonic and poetical links; masculine and solidary bouquet of Arabic writing and Maghrebian French; mourning and passion for Constantine and Algeria; masculine prerogatives; bold and victorious flight; writing: magnificent light and shameful silence.

SUMMARY:

FEMININE HARMONICAL AND POETICAL ATTIRE
BOLDNESS IN THE STORM
SEX AND DEATH, INLAID CLOTHS
SHADOW DROWNED IN WRITING
IN A MANNER OF CONCLUSION


ARMÓNICO ATAVÍO POÉTICO FEMENINO Y AMPARO MASCULINO

En nuestros días, Ahlem Mosteghanemi, nacida en Túnez pero en el seno de una familia originaria de Constantina que huye del país tras el genocidio de mayo de 1945, es una poetisa y escritora de lengua árabe de gran renombre, que se ha “divorciado” de la poesía, aunque permanece poeta al no poder escapar de esa seducción que es el cuestionamiento perpetuo, a través de la creación de un poema, con el fin de activar la imaginación del lector y buscar la intuición de un significado mucho más complejo.

Por eso, aún sabiendo captar el hálito de la poesía en su gota de silencio, desde hace algún tiempo, Mosteghanemi se ha esposado con la novela en un intento modernista de restituir el “yo” de la mujer argelina, combativa y activa, en un sustrato social al límite del totalitarismo.

Esta autora forma parte de una generación de escritoras y de una pléyade de poetisas, en búsqueda de un nuevo espacio de expresión liberado del discurso político y religioso extremista y del machismo feudal, al mismo tiempo que modelan su dimensión estética y vigilan como ciudadanas, ancladas en sus propias raíces, la emancipación de la mujer con sus pulsiones bien presentes.

Por no citar más que a este ramillete de escritura árabe: Zoulikha Essaoudi, Zineb Laouedj, Rabia Djalti, Zahra Dik, Yasmina Salah, Rachida Khuazem, Sara Haider, Mabruka Busaha, Rachida Khawazem, Fátima Ben Chaalal, Kheira Bellaksir, Sulaïma Rahhal, Nacéra Mohamdi y Habiba Mohammedi.

Imágenes, que se reinventan constantemente, palabras, que vibran a la escucha de ese mal tan profundo del que sólo el poeta puede ir más allá de lo visible y dotar a lo ordinario de atavío poético puesto que, desde su haz de flechas, dispara los más certeros versos.

Ese lenguaje poético, en el que los signos liberados de la rigidez sintáctica recuperan su naturaleza polisémica.

Sólidos eslabones que necesitan las diversas culturas para conocerse, enlazarse y construir conjuntamente un futuro mejor.

Escrituras portadoras de un espíritu de conocimiento y emancipación integrado en la tolerancia, “junto y no contra el hombre”, como muy bien señala la luchadora por los derechos de la mujer, Charlotte Wolf.

Búsqueda de igualdad entre hombres y mujeres -seres humanos en fin- no sólo en las relaciones personales cotidianas sino también en la lengua -sus múltiples usos- y en la crítica literaria, como en las escritoras Zuleikha Abu Risha, Rachida Ben-Mess’aud y Buzeina Shaaban.

Ahlem Mosteghanemi, la escritora de nuestro estudio, afirma que triunfó gracias a su marido por lo que no parece, a priori, estar en contra del hombre: “sólo con los que han robado nuestros sueños”.



Apoyo y amparo a la mujer que se aprecia en los intelectuales y escritores magrebíes de grafía francesa. Por no citar, entre muchos otros, más que a algunos escritores marroquíes, Driss Chraïbi, Mohammed Khaïr-Eddine, Tahar Ben Jelloun, Abdelhak Serhane, o Mohammed Zafzaf[1].

Defensa y aliento a la mujer, también, en los argelinos Abdelhamid Benhedouga y Waciny Laredj así como en el tunecino, Tahar Haddad, que se atrevió a decir, en tiempos no muy propicios: “El deber nos llama hoy más que nunca para sacar a la mujer de su oscurantismo, nuestra libertad y nuestra salvación son ese precio”[2].

Sus obras son aval testimonial, como el de Abdel Badi´ Saqr que da cuenta de “las poetas de los árabes”[3].

Como también lo fueron las palabras del egipcio Mansour Fahmy[4] o las críticas literarias de Mohammed Gheiz Al-Hay Hussein, Hatim Mohammed Al-Sakr, Abdala Al-Ghadhamy, Ferial Ghazoul o los versos del poeta-amante iraquí -Abdel Wahhab al-Bayati-: Amor más grande que yo mismo[5].

AUDACIA EN LA TORMENTA

Pero volvamos al hálito de una de las más valientes y audaces, la escritora citada Ahlem Mosteghanemi, para quien el amor es pasión que hay que proclamar y gritar frente a una sociedad opresora, que parece ahogar los sentimientos más espontáneos:

El día que te escribí te amo...
dijeron poetisa.
Me desnudé para amarte...
me trataron de prostituta.
Te abandoné para convencerles...
me trataron de hipócrita.
Regresé a ti...
me trataron de cobarde.
Comencé a estar atormentada por mis versos
y a ofrecer mi cuerpo desnudo al espejo[6].

La novela se desarrolla entre dos tiempos, la guerra de Argelia y la actualidad, así como entre dos espacios, Francia y Argelia, París y Constantina[7]:

Hoy... después de toda esa vida, después de más de un conflicto y más de una herida, lo sé... uno puede también ser huérfano de su patria... víctima de su injusticia, su dureza, su autoritarismo y su humillación. Hay patrias sin instinto materno... parecen padres[8].

Khaled, expatriado en París, huye de su destino de censor: obligado a amputar ideas y versos a la creación. Finalmente, se exilia de su país de origen o de nostalgia. Porque:

convertido en una prisión a cielo descubierto, con celdas anónimas, sin números [...] Jamás hubiera imaginado que llegaría un día en el que un argelino, como yo, me desnudaría... me quitaría hasta el reloj para que me lanzaran a una celda, individual, ¡en nombre de la Revolución esta vez! ¡Esa misma Revolución que me había cogido el brazo![9]

Khaled elige el desarraigo parisino antes que obtener cualquier canonjía:

¡Prefiero vivir lo que me quede de vida con la cabeza alta, hermano mío! Querría quedar así de pie, frente a ellos, plantado como una espina en su conciencia. Querría que tuvieran vergüenza cuando se crucen conmigo, que bajen los ojos, que pregunten por mí aunque sepan que yo sé mucho de ellos, de su bajeza[10].

Críticas y dolor que persisten en el narrador en la boda de su amada con un importante militar, “el hombre de futuro”:

Esto es el país... Y esto es tu matrimonio... Un verdadero circo en el que no hay lugar más que para los payasos, los juglares, los equilibristas, los que caminan por la cuerda floja, […], un circo en el que un puñado de hombres se ríe de otros, donde se erige a todo un pueblo en la estupidez[11].

Al igual que Constantina, Hayat lleva el luto de sus conciudadanos y el dolor de los amores difuntos, inscritos en letras de fuego en su carne:

Esa juventud que has cantado no acecha ya la mañana, pues los que han puesto la mano sobre el país han requisado igualmente el sol. La juventud acecha los barcos y los aviones. No piensa más que en huir. Ante cada consulado extranjero se extienden las colas de nuestros muertos pidiendo un visado de vida fuera del país.
La rueda ha girado, se han invertido los papeles. Ahora es Francia quien nos rechaza. ¡Reclamar un visado se ha convertido "en pedir lo imposible!"
No estamos muertos de opresión... Sólo la humillación mata a un pueblo. [...]
¿Han enronquecido nuestras gargantas... o es porque una voz domina, después de que el país se ha convertido en propiedad de algunos de entre nosotros?[12]

La historia de amor aparece, como telón de fondo, para exponer a la generación que liberó a Argelia y la que espera construir su futuro. Amor sin límites el de Khaled, siempre celoso de Ziad El-Khalil: el poeta amigo palestino que enseñaba literatura árabe en Argel.

Un amor, en fin, obsesivo, erótico, audaz:

Yo que dormía y me despertaba sin ti, te violaba hasta en mis sueños...” [...] “Plantado ahí en la franja de la razón y la locura, frontera entre lo posible y lo imposible que anula la oscuridad... te desfloraba... Trazaba con mis labios los límites de tu cuerpo. Delimitaba tu feminidad con mi virilidad. Dibujaba con mis dedos lo que no podía alcanzar mi pincel... Te rodeaba con mi único brazo, te sembraba y te cogía, te desnudaba y te vestía de nuevo, remodelaba el relieve de tu cuerpo a mi medida. Oh mujer, imagen de una patria...[13]

Una escritura hermosa de pulsiones físicas, salpicada de lirismo barroco e himno a una ciudad y a una mujer que representa todo a la vez para él, la Mujer, Argelia y Constantina:

No hay ninguna diferencia entre su maldición y su clemencia, ninguna barrera entre su amor y su odio, ningún criterio conocido a su lógica” [...] “que la paz sea contigo, ciudad que vive tabicada en su triángulo sagrado: ¡religión, sexo y política![14]

La ciudad bien amada que no cesa de pintar en sus cuadros y, de manera general, su propia juventud: un pasado doloroso y excitante, tejido de luchas, orgullo, ideales y esperanza.

“Libro magníficamente escrito”, señaló Naguib Mahfuz. Juego lírico de primer orden que lleva a la escena a la memoria, y también al Amor.

Memoria, destello de luz de eternidad, frente a la negrura que empuja y acecha.

Amor, música que asaeta las vísceras, frente al vacío de la indiferencia.


SEXO Y MUERTE, PAÑOS TARACEADOS

En `Abr srir[15], que cierra el ciclo de la trilogía, novela editada por la misma autora y a la que se ha dado el título en francés de Passager du lit[16], Ahlem Mosteghanemi presta una vez más su voz a un hombre.

El narrador, un fotógrafo, que ha recibido un premio internacional y que ha escapado a un atentado terrorista, firma sus obras con seudónimo y su verdadera identidad no se conocerá hasta el final de la novela. Está enamorado de la mujer de un poderoso general, llamada Hayat que en lengua árabe significa Vida y que simboliza a Argelia.

Así, la autora, por medio de la voz del narrador, no impide establecer un paralelismo entre su amada y el personaje Nedjma[17] del escritor argelino Kateb Yacine, y abordará de frente los tabúes del amor y del deseo -pasiones que quiere revelar y gritar-, enlazando la madeja de la Historia y la de las historias.



Sobre las cenizas de su primera obra -Mémoires de la chair-, en Passager du lit la autora va a confirmar todavía más su juego y voluntad de confusión de sentimientos y de identidad, y matará a la figura del padre a través de un personaje recurrente desde Mémoires de la chair, que ha tomado prestado al escritor argelino Malek Haddad, y que encarna su “belleza interior”[18], Khaled Ben Tobal o Ziad, poeta palestino: ambos comparten el mismo amor fatal por Hayat.

Ahlem Mosteghanemi firma una obra en la literatura de amores fenecidos y de luto. Luto por un país y por una ciudad, Constantina -tierna y dura-, que se ha arropado con el color negro desde la muerte de Salah Bey. Una ciudad cuyos puentes no “se miden por la distancia que te separa del otro punto de la ciudad, sino por la que te separa del abismo de la muerte”.

Pero la referencia que se hace en Passager du lit al marqués de Sade suscita interrogaciones. “¿Tal vez evocar la sexualidad será una tentativa de liberación de la escritura argelina?” Así responde esta valiente escritora:

Mosteghanemi no evoca el sexo por el sexo. Lo evoco porque forma parte de la vida, lo mismo que la muerte[19].

De la misma manera -parece decirnos su escritura-, la poesía se hermana con la muerte: nos alcanza en cualquier sitio, no importa cuando ni donde, nos asalta en el lecho, en el camino: lugares donde también acecha la muerte.

Y, aunque por otra parte, en su trilogía es recurrente el erotismo, afirma:

Considero que el talento de un escritor se mide por la manera de tratar el tema del sexo. Por supuesto sin vulgaridad ni tampoco con pudor. Es literatura. Soy escritora del deseo y no del placer. Necesito esa distancia y desear algo. Se puede hacer literatura hermosa pero sin desdeñar el sexo. Es la vida. Y además escribo en árabe, en una lengua sagrada. Mi caso es un poco especial en oposición a los escritores francófonos que escriben a gusto[20]. El lector árabe se convierte en juez. No se tiene únicamente problema con la censura[21].

Ahlem Mosteghanemi se entrega celosamente a promover la literatura de lengua árabe. Esta contribución se ilustra a través del premio Malek Haddad, compartido con la asociación cultural “El-Ijtilef”, y se recompensa con el prestigioso Premio Naguib Mahfuz, en 1998, y el Premio Nour, en 1996, por la mejor obra femenina en lengua árabe: Mémoires de la chair.


SOMBRA AHOGADA EN LA ESCRITURA

En su novela citada, Le chaos des sens, la escritora otea la realidad de los últimos años con ojos bien abiertos, salpicados de espanto, desesperación, pero también de optimismo ardiente, mientras nos presenta una narradora intradiegética, homodiegética que, como la autora, es escritora pero que termina por abandonar [su] habitación propia[22] -su proyecto de escritura-, para guardar silencio en medio de un mundo de violencia y de una misoginia que, como enredadera, trepa por los espíritus.

Relato suspendido, para narrar otro extradiegético de una pareja imaginada. En su obertura, hay un encuentro amoroso entre un hombre y una mujer, cuyos nombres, en anonimato, otorga una dimensión universal. Mientras, la voz narradora omnisciente habla para describir la escena, contar el diálogo y quedar, de esta forma, expuestos los sentimientos de los dos protagonistas.

Entonces, debido a esta relación amorosa y adúltera, con una criatura de papel y tinta, la narradora toma conciencia de su vida y se percata del conformismo en el que la tienen enclaustrada en la esfera privada.

Y si al comienzo del relato, la narradora subraya la diferencia que existe entre ella y su creación, según va evolucionando la novela, esta voz se sumerge en su mundo ficticio y termina por convertirse en deseo de identificación con la protagonista. Así, los dos niveles narrativos, diegético y extradiegético, se taracean.

Mosteghanemi, que tampoco acaba de dejar el luto por un país que considera ha fracasado en su Independencia, prosigue su búsqueda novelesca entre realidad y ficción, el autor y su obra, la tragedia política y social de Argelia, el destino de sus compatriotas y la condición de la mujer: sombra ignorada, en su soledad[23], o que se cree domada por los hombres y que intenta existir por la escritura o la palabra.

La mujer, entonces, como Argelia, es aún un proyecto que debe construirse en la esperanza del trato igualitario, frente al silencio de sus compañeras y una violencia fratricida que aumenta en el suelo patrio.

Un ser que da a conocer su cuerpo, sueños y sensualidad, sin afeite ni censura, sin recato ni provocación inútil, con esa libertad que ofrece las alas de una poesía delicada que retiene y agarra al lector desde la primera página de la novela, puesto que los sentidos se sentirán turbados:

Él la enlaza por la espalda, como enlazaría a una frase fugitiva, con una especie de falsa indolencia. Sus labios la recorren con lentitud calculada, justo ahí donde él sabe que nacerá la emoción. Rozan sus labios sin verdaderamente besarlos. Se deslizan por su cuello sin posarse completamente. Luego suben con la misma lentitud calculada. Como si sólo su aliento la hubiera besado. [...] Luego, en un ramo final, posó en mi cuello una gavilla de besos que escaló mi nuca, puntos de suspensión puntuando un texto al que volvería tal vez. Y se alejó...[24].

Él, “pájaro nocturno” que sabe acariciar a las mujeres, responde por el elogio de la abstinencia calculada y la devoción a la muerte. Ella, inclinada a identificarse con la gente sencilla y perdedora, juguete de los hombres y en búsqueda de vida, amor y libertad, responde por la escritura o la palabra:

Yo nací reina del tormento, sacerdotisa de la hoja blanca y de las camas deshechas, cuyos sueños cocían a fuego lento, en el caos de los sentidos, en los momentos de inspiración. Una mujer cuyo abrigo estaba tejido con palabras estrechas que se pegaban al cuerpo, con frases cortas que apenas alcanzaban la rodilla de las preguntas. Siempre fui una niña delgada con grandes preguntas, rodeada de mujeres corpulentas llenas de respuestas obesas.
Ellas permanecieron gallinas, se acostaban pronto, cacareaban mucho y picoteaban las migajas y los restos de los festines de amor que les servían al azar[25].

Entre una sensualidad poética:

lo que este hombre tenía de hermoso, como todos aquellos cuyos sueños son la única riqueza, es que dejaba arriba de su grueso abrigo de silencio un botón abierto al sueño, al igual que una puerta entornada”. [...] “Un hombre mitad tinta mitad ola que me despojaba de mis preguntas, entre marea alta y marea baja, y me atraía hacia mi destino. Un hombre medio tímido medio seductor me trastornaba con una fiebre de besos[26].

Entre fuertes críticas políticas a Argelia como su compatriota de lengua francesa, Assia Djebar, grita su rechazo al genocidio y a la pérdida brutal, salvaje, de sus conciudadanos y amigos intelectuales[27], y como tantos escritores e intelectuales argelinos con esa urgencia de narrar que fue la última defensa, la salvaguardia de la sinrazón[28]:

¿... en un país que, mientras multiplica los festivales de poesía, asesina a sus poetas?” [...] ¿Cuál es pues ese país que, cuando nos bajamos para besar su suelo, nos sorprende por detrás con un cuchillo y nos degüella como vulgares corderos? Cadáver tras cadáver, lo tapizamos con hombres que tenían la estatura de nuestros sueños y la fuerza de nuestro orgullo[29].

Y así, se va desarrollando un amor sin límites: ¿por Khaled Ben Toubal que se viste de negro, “color del miedo”, o por su amigo el periodista Abdel-Haqq que se viste de blanco, “color de piedad”, y que morirá asesinado por terroristas?:

No sabía que el amor se burlaba de mí, daba la misma contraseña a varios hombres[30].

Khaled, el amante, tiene un brazo amputado y es pintor, como el héroe de la novela La Mémoire de la chair, y confiesa los mismos celos anteriormente sentidos por el poeta palestino Ziyad o Ziad. La heroína y narradora está casada con un importante militar que no gobierna en su corazón[31]:

Finalmente, los hombres que han nacido para reinar no reinan necesariamente en nuestras alcobas. Y los que nos deslumbran con uniforme no son los que nos deslumbran desnudos. El problema es que uno se da cuenta después.
Ahí reside el genio militar, en la invención del uniforme concebido para asustarnos.
Ahí anida el ingenio de los hombres de religión, en la invención de un traje de piedad en el que parecen más puros y más cerca de Dios que el común de los mortales.
Ahí se manifiesta la inteligencia de los ricos, en el culto a las marcas y a los grandes modistos, cuyas creaciones les permiten desmarcarse de los demás y mantenerlos a distancia[32].

Heroína enamorada de la búsqueda de la verdad a través de la Historia y de la memoria de su tierra, cuya obra, Le Chaos des sens, está puntuada por la riqueza de su cultura árabe, europea, universal, en el recuerdo y las citas de Roland Barthes, Denis Diderot, Marcel Proust, Auguste Rodin, Camille Claudel, Jorge Luis Borges, Sacha Guitry, Abu al-Qasim al-Chabbi, Charles-Joseph de Ligne, Charles Baudelaire, Picasso, André Gide, Friedrich Wilhelm Nietzsche, Khalil Hawi, Albert Camus o Yabra Ibrahim Yabra.

Detrás de ese amor suyo por la poesía, por la cultura, por los autores clásicos árabes y franceses y por la historia de Argelia, está siempre presente el padre -su sombra-, incluso cuando no aparece en su escritura, tanta fue la influencia paterna recibida.

Ahlem Mosteghanemi, como su padre, se confunde con la historia de una Argelia contemporánea y también le sigue muy de cerca en sus pensamientos, no sólo para situarse como testimonio de una época sino para perpetuarle hasta el infinito.

Al final de la dedicatoria de esta obra, señala: A mi padre... una vez más”. Y sus últimas páginas señalan, sin tapujos, la presencia paterna:

Un día, esta mujer escribió una novela en la que mató al hombre que amaba por encima de todo. Quería anticipar el dolor y así vencerlo. Evidentemente, ignoraba que trazaba su destino. Que regresaría precipitadamente a Argelia, como su héroe, por el avión de la tristeza, cargada con su manuscrito. Al mismo aduanero nervioso que registrara su bolso con la misma insistencia, no podría declarar que este texto y su memoria los acababa de enterrar... enterrando a su padre.
                               Ante su tumba no lloró.
En su cabeza, se atropellaban las preguntas. ¿Por qué había muerto ahora? ¿Por qué hoy? ¿Por qué cuatro meses después de Boudiaf? ¿Por qué dos semanas antes de la aparición del libro de su hija? Un libro que él había esperado durante varios años... tantos años transcurridos para enseñarle una ciudad que ella no conocía -Constantina- y para describirle un pasado cuyo fardo, que llevaba solo, le agotaba.
¿Se había ido para dejar un sitio mayor en esta novela, como si la vida no pudiera abrazar a los dos?
¿O porque era poeta y encontraba que su muerte embellecía la intriga?
Al día siguiente, quiso ser la más bella para recogerse ante su tumba. Se vistió con elegancia con el fin de sobresalir entre las demás mujeres, como de costumbre, y para darle por última vez, como siempre, el placer de enorgullecerse.
Ella le amaba por encima de todo. No quería, como algunos, llorarle algunas horas, luego olvidarle[33].

La escritura de Mosteghanemi evoca también la nostalgia de una nación “que vive en nosotros, pero en la que no vivimos”. Su obra expresa la pasión por Argelia y la decepción hacia una generación que, tal vez, no ha podido edificar una nación más fuerte después de 130 años de colonialismo.

Lejos de todo discurso hipócrita, narra lo que vive sin rodeos, sin jugar con el sentido de las palabras, porque para ella escribir es desafiar, transgredir, chocar, hacer vibrar la lengua:

                               Muero antes de mi muerte/ en el país de grandes cementerios.

Sí, muere porque, precisamente, por ser escritora “debes callar... o suicidarte”[34], porque para “aquéllos para quienes escribes esperan que la gente les dé pan y medicamentos”, por lo tanto, cómo van a tener “dinero para un libro”. “Mientras, los otros están muertos... incluso los que están aún con vida están muertos… entonces, ¡cállate tristemente por ellos!”.

El abandono de sus hojas de escritura, sobre una tumba, es metáfora de la muerte de su creación y del silencio, ahogo del yo femenino.


EN GUISA DE CONCLUSIÓN

Quien escribe tiene que poseer la valentía de descubrir, explorar, diferentes lugares de lenguaje que le son velados en demasía por el secreto de su oficio. Siendo la escritura la iniciación a un secreto ilegible, a una búsqueda onírica, a una alteración íntima. Mientras, el inconsciente vela esa vorágine y la luna riela en el tapiz celeste.
Ahlem Mosteghanemi -ha quedado ya demostrado-, cual alas de albatros, se eleva en vuelo victorioso, atraviesa tierras, vadea confines, narrando historias, como un largo poema de sueños sin cumplir y de trágico devenir, llenas de relevancia y de significado para el mundo árabe.
Al mismo tiempo, que su escritura ofrece la imagen de la mujer militante argelina, que se bate con quienes tratan de imponerle la ley del silencio.



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[1] Escritor en lengua árabe de la más inquietante literatura marroquí, cuya referencia a la poderosa y acaparadora sexualidad de las mujeres de Essauira, en El Zorro que viene y va, le causó bien de sinsabores. Leonor Merino, “Mohammed Zafzaf, escritor marroquí”, El País, Madrid, lunes 23 de julio 2001, p. 35.
[2] Notre femme dans la législation islamique et la sociéte, Túnez, MTE, 1930, p. 55. Sus propuestas a favor de la condición femenina en Túnez fueron condenadas por los conservadores, pero tomadas en consideración en el momento de la promulgación del Código del Estatuto Personal, en agosto de 1956.
[3] Beirut, Manshurat al-Maktab al-Islami, 1967.
[4] La condition de la femme dans l’Islam, París, Allia, 1990, p. 154. Texto de la tesis presentada en la Universidad de la Sorbona y en 1913, por este pensador al que mantuvieron alejado de la enseñanza en Egipto y a vivir despreciado en esa época.
[5] Selección, traducción, prólogo y notas por Pedro Martínez Montávez, Asociación de Amistad Hispano-Árabe, Madrid, 1985.
[6] Kitaba fi lahdat ury (Escritura en un momento de desnudez), Beirut, Dar Al-Adab, 1976.
[7] Recuerde, lector, la intención de la escritura: “cada libro es un mundo/cada página una ciudad/cada línea una calle/cada palabra un hogar/para soñar en Soledad”: versos inéditos de Leonor Merino García.
[8] Mémoires de la chair, cit., p. 243.
[9] Idem., p. 205.
[10] Idem., pp. 304-305.
[11] Idem., p. 295.
[12] Idem., pp. 267-268.
[13] Idem., pp. 182 y 154.
[14] Idem., pp. 250 y 280.
[15] Beyrouth, Dar Al-Adab, 2005.
[16] París, Éditions Ahlem Mosteghanemi, 2003.
[17] París, Le Seuil, 1956.
[18] Ahlam Mosteghanemi ou le retour aux sources, Le Soir d’Algérie, mardi, 19 mars 2013.
[19] Djamel Belayachi, “Rencontre avec Ahlem Mosteghanemi, Dhakirat al-yasad, la consécration”, Liberté, Argel, 23 septembre, 2003.
[20] Lector, habría mucho que escribir sobre esa declaración, cuando los escritores de grafía francesa no pedían ya vivir de lo que escribían sino no morir debido a lo que escribían.
¿No decía el escritor y poeta asesinado Tahar Djaout -de quien he escrito tanto en mis libros y artículos-: “El silencio es la muerte./Y tú, si hablas, mueres./Si te callas, mueres/Entonces, habla y muere?
También es cierto, que el único escritor de lengua árabe, Naguib Mahfouz, que ha recibido el Premio Nobel de Literatura (1988), fue apuñalado en el cuello, logrando sobrevivir tras este luctuoso suceso.
[21] K. S., entrevista con “Ahlem Mosteghanemi. Romancière. Je suis l’écrivain du désir et non du plaisir”, El Watan, Argel, 23 septembre, 2003.
A la pregunta de la entrevistadora: “¿Piensa regresar un día definitivamente a su país?” Mosteghanemi responde: “No. No quiero morir en Argelia. ¿Qué es la patria? Aspiro a que sea el país en el que tenga libertad para escribir y que proteja mis derechos como escritora. Ahora bien, ninguna de esas condiciones se ofrece en el mundo árabe”, Fawzia Zuari, “Un doux parfum de scandale”, Jeune Afrique, 21/1/2003.
[22] Une chambre à soi, como escribió Virgina Woolf, significa -para la mujer- un espacio intelectual, propio e indispensable, para la expansión y el regocijo de la creación.
[23] En este sentido, dice la escritora: “lo que llama aún más nuestra atención es la actitud de la familia con respecto a esa mujer que no da a luz más que a niñas y que se encuentra, por este hecho, clasificada al mismo nivel que una mujer estéril. Las dos están consideradas como personas de mal agüero, siendo el origen de la desaparición del apellido de la familia”, Ahlem Mosteghanemi, Algérie, femmes et écritures, París, L’Harmattan, 1985, p. 254.
[24] Ahlem Mosteghanemi, Le chaos des sens, cit., pp. 9-10 y 155-156.
[25] Idem., p. 107.
[26] Idem., pp. 33 y 245.
[27] Le Blanc de l’Algérie, París, Albin Michel, 1996.
[28] Leonor Merino: “Crónicas de violencia y esperanza”, en La mujer y el lenguaje de su cuerpo. Voces literarias del Magreb, Madrid, CantArabia, 2011.
[29] Ahlem Mosteghanemi, Le chaos des sens, cit., pp. 32 y 317.
[30] Idem., p. 297.
[31] Ese mismo desequilibrio de relaciones entre hombre y mujer, bien sea sexual o no, se manifiesta en muchas obras de escritores y escritoras magrebíes de lengua francesa: Leonor Merino, La mujer y el lenguaje de su cuerpo. Voces literarias del Magreb, cit.
[32] Ahlem Mosteghanemi, Le chaos des sens, cit., pp. 84 y 85.
[33] Idem., pp. 313-314 y 315.
[34] Como huyen de su país los personajes de la escritora argelina, Malika Mokeddem en L’interdite (París, Grasset-Fasquelle, 1993). Dedicado: A Tahar Djaout, a quien prohibieron vivir a causa de sus escritos. Al grupo AÏCHA, esas amigas argelinas que rechazan las prohibiciones”.

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